Biografías de mujeres cristianas, escritoras, biólogas, médicas, científicas, astronautas, maestras, defensoras de derechos de las mujeres y niños, activistas contra la esclavitud

sábado, noviembre 28, 2009

Muy favorecida: la historia de María

María vivía en Nazaret, Galilea, y estaba prometida con un carpintero, José (Lc. 1:26, 27).

Comentaristas de la Biblia creen que era de ascendencia davídica. Le fue anunciado por el ángel Gabriel que su hijo recibiría el trono "de David su padre" (Lc. 1:32). Además, se afirma que Él es, según la carne, del linaje de David (Ro. 1:3, 2 Ti. 2:8), lo cual puede referirse a que José el carpintero sí era del linaje de David. Pero en Lc. 3:23-28 se da la genealogía de Cristo a través de su madre, en cuyo caso el padre de María sería Elí. Sea como fuere, el ángel anunció a María que ella era objeto del favor divino, que tendría un hijo al que llamaría Jesús. Dijo que sería grande y que sería llamado Hijo del Altísimo, y que el Señor Dios le daría el trono de David su padre. También que reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin (Lc. 1:32, 33). María preguntó cómo podría ser tal cosa, por cuanto ella era virgen. El ángel le respondió que ella concebiría por el poder del Espíritu Santo.

Favorecida

“Por lo cual también el Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lc. 1:35). 

Estas palabras revelaron a María que ella había sido elegida para ser la madre del Mesías; aceptó con fe y humildad el honor que Dios le confería de una manera tan misteriosa.

El ángel le informó que Elisabet, su prima, iba a tener también un hijo. María se fue entonces a la población en los montes de Judá donde vivían Zacarías y Elisabet. A su llegada Elisabet, instruida acerca del honor hecho a María, pronunció, por inspiración del Espíritu Santo, un cántico de
alabanza. Y María glorificó a Dios con un himno que comenzaba: “Engrandece mi alma al Señor” (Lc. 1:46-55). El título de «Magnificat», dado a este cántico, es la primera palabra en su versión latina. Estos cánticos de Elisabet y de María revelan la profunda piedad y el templado gozo de estas mujeres, al meditar acerca del poder y de la gracia de Dios que, mediante los hijos de ellas, cumplirían las antiguas promesas hechas a Israel y traerían la salvación al mundo.

María se quedó tres meses en casa de Elisabet y bajo su protección; no volvió a Nazaret hasta poco antes del nacimiento de Juan. José, que se proponía repudiar a María en secreto, supo, mediante una visión, la causa de su embarazo (Mt. 1:18-21); recibió la orden de tomar a su mujer con él y de dar al niño el nombre de Jesús: (Mt. 1:21). José se acordó de la profecía de Isaías: el Mesías debía nacer de una virgen. Obedeció entonces la orden de Dios, y tomó a su mujer consigo, “pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS” (Mt. 1:24, 25). Este matrimonio protegió a María y salvaguardó su secreto. El niño tuvo a José como padre legal, y vino así a ser también el heredero de David.

Alumbramiento

Como el emperador Augusto había ordenado que se efectuara un censo de todo el Imperio, José tuvo que dirigirse hacia Belén, porque descendía de David, y María lo acompañó. No encontrando lugar en el mesón, se vieron obligados a alojarse en un establo. Allí nació Jesús. Su madre “lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre” (Lc. 2:7). María, llena de maravilla y de fe, oyó a los pastores hablar de su visión nocturna, de la proclamación de los ángeles, anunciando el nacimiento del Salvador. Ella no sabía que su hijo era el mismo Dios manifestado en carne; discernía solamente que sería el Mesías, y esperó a que Dios revelara la misión de su hijo. Cuarenta días después de su nacimiento, María y José se dirigieron a Jerusalén, para presentar el niño al Señor y para ofrecer en el Templo el sacrificio demandado por la Ley (Lv. 12:2, 6, 8). María ofreció el sacrificio de los pobres (un par de palominos o dos tórtolas). José y María volvieron, acto seguido, a Belén (Mt. 2:11).

Mamá

Fue ya en una casa que recibieron a los magos de Oriente, venidos a adorar a Jesús (Mt. 2:1-11). La familia entera, por instrucciones de Dios, se refugió en Egipto para escapar a las intenciones asesinas de Herodes el Grande, y después, a la muerte de este último, se dirigieron a Nazaret. María se dedicó a la educación del niño, cuya misión futura debía estar constantemente en su mente. El episodio de Jesús en el Templo a sus doce años desvela algo del carácter de su madre. Ella iba cada año a Jerusalén, como José, para la fiesta de la Pascua (Lc. 2:41), aunque la Ley no lo demandaba a las mujeres judías (Éx. 23:17). José y María, personas piadosas, llevaron a Jesús a Jerusalén a partir de que tuvo la edad, para que también Él participara de la Pascua. Su conversación con los doctores de la Ley, en el Templo, dejó aturdidos a sus padres. “Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc. 2:51). María no comprendía toda la magnitud de la grandeza de su Hijo, ni la verdadera naturaleza de su misión (Lc. 2:50), pero lo crió, de todas maneras, con vistas al servicio de Dios.

María tuvo una numerosa familia. La Biblia menciona hermanos y hermanas de Jesús (Mr. 6:3). Sin embargo, no se vuelve a saber nada de María hasta el inicio del ministerio público de Jesús. La volvemos a encontrar en las bodas de Caná (Jn. 2:1-10), contempla con gozo cómo Jesús se manifiesta como Mesías, y cree en su misión. Cristo, sin embargo, se opone, con respeto, pero también con firmeza, a la inoportuna intervención de su madre (para el sentido de la respuesta en el Mr. 5:7). Ella tiene que comprender que no puede inmiscuirse en su ministerio. Como hijo, le testimonia su deferencia; como Mesías y Salvador, la pone en la categoría de los discípulos, por cuanto también María tiene necesidad, como todos los demás, de la salvación que Cristo ofrece. En otra circunstancia, Jesús hará a María otra observación análoga (Mt. 12:46-50; Mr. 3:31-35; Lc. 8:19-21).

Durante el ministerio de Jesús

Mientras que el Maestro enseñaba mediante parábolas, la madre y sus hermanos le querían hablar. Es posible que quisieran aconsejarle a que desistiera de su peligroso curso. Él les repitió que el lazo espiritual que le unía a los discípulos tenía más valor que toda relación humana (Mt. 12:50). Parece que María y los hermanos de Jesús siguieron viviendo en Nazaret durante el ministerio del Señor. Debido a que José no es mencionado, se supone que había muerto ya. Al revés de los hermanos de Jesús, María nunca dejó de creer que su hijo era el Mesías. Es por esto que lo siguió en su último viaje a Jerusalén. Sufriendo a la vez como madre y como discípula, contempló el horrible espectáculo de la crucifixión. Jesús, en medio de sus sufrimientos, se dirigió a ella, y la confió a Juan, su querido discípulo (Jn. 19:25-27).

Después de la resurrección

Después de la ascensión de Jesús, estuvo con los apóstoles en el aposento alto (Hch. 1:14); a partir de ello, no se la menciona más en las Escrituras. No conocemos ni la fecha ni las circunstancias de su muerte. En el valle de Cedrón se muestra lo que se afirma ser su tumba, pero no hay base alguna para aceptar su autenticidad.

Leyendas

  • Las tardías leyendas acerca de María no contienen ningún relato digno de ser creído. En las Escrituras es presentada simplemente como una magnífica figura de mujer devota y piadosa. Ocupa un lugar único, como madre del Mesías, y la llamarán"bienaventurada todas las generaciones" (Lc. 1:48). Pero es evidente que no puede ser llamada «Inmaculada Concepción», por cuanto ella misma reconoce a Dios como su Salvador, y se ve que en su propio espíritu estaba sujeta a la ignorancia y a la incomprensión (Lc. 1:47; 2:50; Mr. 3:21). 

  • Tampoco permaneció virgen perpetuamente, por cuanto vino a ser verdaderamente la mujer de José (Mt. 1:25). Sobre este versículo afirma Lacueva: «El pretérito imperfecto (del verbo gr. "conocer") señala, aquí, con toda precisión el lapso de tiempo durante el cual José no tenía trato marital con ella» (F. Lacueva: «Nuevo Testamento interlineal griego-español», Clíe, 1984, loc. cit., nota). Por lo general, las versiones católicas «suavizan» la traducción de Mt. 1:25 para que no salte a la vista la evidente implicación de su texto. La correcta traducción dice: «Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito.»

  • Tampoco es cierto lo que tan comúnmente se afirma que estaba «llena de gracia». Lo que el texto gr. dice es: «agraciada, o recibida en gracia, o muy favorecida» (Lc. 1:28). Se trata de la actitud de Dios hacia ella, de que había sido favorecida (Lc. 1:28). El ángel añade, además: "has hallado gracia delante de Dios" (Lc. 1:30). Así, es un error pretender que María sea «la mediadora de todas las gracias», como lo afirma la Iglesia de Roma, o que en Pentecostés fuera ella quien recibiera el Espíritu Santo y lo distribuyera a los discípulos. Jesús es el único Mediador, y su sacerdocio intransmisible nos es plenamente suficiente (1 Ti. 2:5; He. 9:24-25).

  • María no es ciertamente «la Madre de Dios», por cuanto ella fue madre de Él en tanto que hombre: ninguna criatura humana puede ser madre del Verbo Eterno. Los textos anteriormente citados muestran que el Señor siempre veló para que ni la misma María, ni los hombres, dieran a su madre un lugar por encima de los demás, ni una parte de su ministerio. Finalmente, el «dogma de la Asunción de María», promulgado en 1950, no tiene ninguna base bíblica. Según esta doctrina, habiendo muerto en el año 54 d.C., habría resucitado en el acto, y habría sido llevada al cielo en su cuerpo glorificado. Sin embargo, Pablo indica claramente el orden de las resurrecciones: «Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo (lo cual debe incluir a María) en su venida» (1 Co. 15:23).
Su historia en video

El siguiente documental de Discovery Channel contiene una excelente investigación de la historia de María.




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