Biografías de mujeres cristianas, escritoras, biólogas, médicas, científicas, astronautas, maestras, defensoras de derechos de las mujeres y niños, activistas contra la esclavitud

martes, diciembre 08, 2009

La criatura saltó en su vientre: historia de Elizabeth

Elisabet fue una de las mujeres mejor relacionadas con Jesús. Fue esposa de Zacarías y madre de Juan el Bautista (Lucas 1:5, 57 63). Un notable acto de su vida fue el bendecir a María como "madre de mi Señor" (Lucas 1:43). Aunque poco se dice de ella, se le consideraba justa y obediente a Dios.

"Y he aquí que tu parienta Elisabet, también ella ha concebido un hijo en su vejez; y ya está de seis meses, la que era llamada estéril" 
(Lucas 1:36).

Elisabet es la primera mujer que confesó a Cristo en la carne, incluso antes que María. Cuando su prima María, fue a visitarla después que haber concebido por el Espíritu Santo, exclamó en oración profética: "¿De dónde a mí esto, que la madre de mi Señor venga a mí?" (Lc1:43). Por medio de esta maravillosa confesión Elisabet afirmó la fe de María en el hecho de que ella, sin la menor duda, llevaba al Salvador del mundo en su vientre.

Elisabet, cuyo nombre en hebreo significa Dios es plenitud, perfección, era esposa del sacerdote Zacarías (Lc 1.5), madre de Juan el Bautista (1.57-66) y prima de María, madre de Jesús (1.36). Elisabet y su marido descendían de Aarón. Elisabet llevaba el mismo nombre de la esposa de su ilustre antepasado (Éx 6.23). Sus palabras inspiradas (Lc 1.42-45) alentaron a María, madre de Jesús.



La virtud más prominente de Elisabet es una fe firme e invariable. Tuvo una firme convicción de que Cristo había ya empezado a asumir forma humana sin tener una perspectiva histórica, por esta razón la convicción a que tuvo es verdaderamente notable.

Israel había quedado reducido casi a la nada, debido al desprecio y malicia de la jurisdicción romana. El culto a Jehová había quedado reducido a poco más que mero formalismo. Caifás, por ejemplo, constituía un ejemplo patente de la condición de degeneración a que había llegado el sacerdocio en aquel tiempo. Y hemos de recordar que Elisabet pertenecía a este pueblo, que se hallaba en condiciones espirituales humillantes.
Además, Elisabet era anciana, una mujer que había estado pidiendo un hijo a Dios durante muchos años. Y no había estado presente al tiempo en que el ángel se le apareció a Zacarías. No había oído lo que Gabriel le dijo a María. Todo esto ella lo había oído de otros.

A pesar de sus circunstancias desfavorables, Elisabet esperaba al Mesías que había de llegar, y creyó que había llegado. Cuando María fue a visitarla, ella vio y creyó inmediatamente esta maravillosa verdad. El Mesías ya no tenía que venir. Elisabet sabía que había venido. Y por ello oró y le confesó.

Los pasos por los cuales el Señor condujo a Elisabet a esta fe rica y plena no nos son escondidos. Su nombre era el mismo que el de la mujer de Aarón. Caifás, dijimos, era un ejemplo de degeneración del sacerdocio en su tiempo. Elisabet representaba un verdadero retoño del tronco familiar de Aarón. Ella preservaba todas las benditas tradiciones de la familia de Aarón. El Señor, por tanto, la había conducido a ello, aunque fuera a través de caminos de humillación por su condición de estéril, pues era aflictivo de un modo especial el que la hija de un sacerdote permaneciera sin hijos.

Por lo que el Señor inesperadamente la bendijo con un embarazo con el que ya no contaba. Su concepción fue acompañada de un mensaje de un ángel y de la mudez de su marido. Es patético, pero Zacarías no le pudo decir nada respecto a su encuentro con el ángel, pues estaba mudo, por lo cual se lo escribió. Por estas demostraciones extraordinarias, Elisabet, sabía que Dios había decidido realizar cosas maravillosas. Le parecería a ella que habían vuelto los días de Abraham y Sara, y que Dios había visitado de nuevo a su pueblo.

María fue a visitarla cuando Elisabet ya estaba de cinco meses. El instinto maternal de Elisabet le dijo que un hijo se movía en su matriz, al ver a María, y que este hijo se movía en una forma extraordinaria. Así que madre e hijo fueron afectados por la influencia del Espíritu Santo cuando se acercó el Salvador. Ella apreció y sintió la bendición del hecho que Dios, revelado en la carne, estaba cumpliendo la esperanza de sus padres.

Es interesante observar la evidencia de esta fe en Elisabet. Era la madre de Juan. María, una mujer mucho más joven que ella, y que ni tan sólo descendía de sacerdotes, era la madre del Mesías. Una situación así podría haber inducido celos en ella. Podría haberse dicho: "¿Por qué a ella este mayor honor?" Sabemos que en Elisabet no hubo tales pensamientos. Dio a María el más honroso de los nombres posibles a una mujer: "Madre de mi Señor." Y se lo dijo de modo espontáneo y natural, sin afectación. Alabó a María como "bendita tú entre todas las mujeres". El hijo de Elisabet dijo más adelante: "El tiene que crecer y yo he de menguar." El espíritu de Elisabet pasó a Juan, o el espíritu de Juan ya inspiraba a Elisabet. Elisabet fue el último retoño de la vara de Aarón. Judá había de dar nacimiento al Mesías, pero Aarón había de adorarle en servicio.

Diccionario Bíblico Caribe

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